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2.6.10

Fútbol en el país del sida

Les dejo una muy buena nota de Fernandez Moore publicada hoy en la "La Nación" hablando del mundial que se viene y para recordarnos que 30.000 sudafricanos van a morir de HIV/SIDA durante los 30 días que dure el mundial, mas de mil por día mientras todos nos deleitamos con el rodar del esferico... Al final, menciona que Caparros anda otra vez por África tratando de recolectar historias y crónicas de enfermos HIV+, y como no podía ser de otra manera de vuelta estuvo por Kapiri Mposhi...




La pantalla gigante recién instalada en Mtubatuba, a unos seiscientos kilómetros de la concentración argentina de Pretoria, avisa que el Mundial está por llegar. También se ven banderitas de Sudáfrica y de otras selecciones en los autos. Y a la hermana Lidia, con una camiseta argentina. En Mtubatuba está José Luis Ponce de León. Nació hace 49 años en la Paternal. Es hincha de Racing. Llegó como cura misionero en enero de 1994, cuando el apartheid negociaba su retirada después de medio siglo de horror legislado y asomaba Nelson Mandela para evitar el desastre. "Eran meses en los cuales se esperaba literalmente una guerra civil. Años después -me cuenta- descubrieron las armas enterradas." La Sudáfrica democrática estará un mes en el centro del mundo. José Luis tendrá que estar atento no sólo a los goles. Hace casi dos años, fue designado obispo de Maturba y vicario apostólico de Ingwavuma, una zona rural al este del país, sin agua potable, en la frontera con Mozambique y Swazilandia. La Conferencia Episcopal de Sudáfrica lo puso al frente de la oficina de lucha contra el VIH, el virus que causa el sida. Sudáfrica es el país con mayor número de infectados. Unas 5,7 millones de personas. Uno de cada cinco adultos. Cerca de 30.000 personas morirán en Sudáfrica durante el Mundial por el VIH. Mil por día. Sólo un mes atrás, cuatro jugadores de los "Bafana, Bafana" fueron al entierro de Emmanuel "Scara" Ngobese. Sufrió el VIH. Cuatro temporadas atrás, su gran habilidad había llevado a los Kaizer Chiefs al título nacional. Hoy podría formar parte de la selección que abrirá el Mundial contra México. Murió de tuberculosis el 11 de mayo pasado. Tenía 29 años.

"El Mundial saca también lo peor de las personas." Lo advirtió en un mensaje reciente el arzobispo de Sudáfrica, Buti Tlhagale. País protestante, sólo el diez por ciento de los sudafricanos es católico. Pero Tlhagale habló a todos. Protestó porque el gobierno prometió seguridad a los visitantes del Mundial. Pero advirtió que la calidad de una sociedad se mide por cómo protege "a los más vulnerables" y no a la "elite" de la familia FIFA. Se preguntó quién protegerá a los menores y mujeres que durante el Mundial agravarán el problema ya agudo del tráfico de personas y llegarán al país como esclavos sexuales. Tlhagale pareció furioso al criticar el anuncio del gobierno británico, de que donará 42 millones de condones a Sudáfrica durante el torneo, supuestamente bien intencionado, porque diversos informes advierten que arribarán 40.000 prostitutas al país. La Iglesia Católica, es cierto, tiene resistencia anacrónica al uso del condón. Pero el mensaje de Tlhagale tenía algo más que moral católica. ¿Para quiénes serán esos condones? ¿Para esa industria de explotación sexual de menores y mujeres engañados con ofertas de trabajo y luego reclutados para el sexo?, sugirió en su mensaje. "¿Es que no hemos aprendido nada de nuestro pasado?", se preguntó.

Numerosas organizaciones aprovechan la vidriera del Mundial para combatir el drama. El tema fue ignorado durante el mandato del presidente Thabo Mbeki (1999-2008). Mandela, que ya había dejado el poder, informaba en conferencia de prensa en ese mismo período que el hijo varón que le quedaba había muerto a los 54 años por el virus del sida. El gobierno actual hace gran campaña con los preservativos. Pero el presidente Jacob Zuma, zulú polígamo que tiene tres esposas y veinte hijos, debió disculparse este año por un nuevo affaire que derivó en una hija extramatrimonial. En 2006 había sido absuelto de un juicio por violación. Admitió que había tenido sexo con una mujer que, él sabía, estaba infectada de VIH. No usó preservativo y contó que se duchó inmediatamente después de la relación creyendo que así reduciría las posibilidades de contagio. No ayuda mucho en un país en cuyas zonas rurales más precarias cada tanto circula la teoría de que el sida se cura teniendo relaciones con una chica virgen.

"Scara" Ngobese lució su habilidad en los clubes Tembissa Classic, Moroka Swallows, Amazulu, Hellenic, Thanda Royal Zulu y United FC. Su momento de oro fue con los populares Kaizer Chiefs, donde jugó entre 2004 y 2008. "Nos ayudó a ganar la Liga 2004/05, fue un jugador especial, increíble, los hinchas lo amaban. Como mínimo -contó el rumano Ted Dumitru, su entrenador- podría haber jugado el Mundial." Al nuevo DT alemán Ernst Middendorp no le gustó su juego habilidoso. Scara se fue del club. El domingo 9 de mayo, la hemorragia obligó a trasladarlo y dos días después murió en el hospital Charlotte Maxeke. La iglesia de su pueblo natal, Kathelong, se colmó al jueves siguiente. Estuvieron sus ex compañeros Teko Modise, Siphiwe Tshabalala, Itumeleng Khune y Reneilwe Letsholonyane, integrantes de la selección que dirige el brasileño Carlos Alberto Parreira. Se pasó un video con sus mejores jugadas. Un golazo contra SuperSport United hizo sonar las vuvuzelas y gritar a la gente. El grupo afropop Malaika, vistiendo camisetas de "Scara", le cantó "Ulale ngoxolo cofrade footballer" (Descansa en paz, compañero futbolista). Un minuto de silencio lo homenajeó en el amistoso de Sudáfrica frente a Tailandia. Las crónicas de los diarios hablan de la tuberculosis. Sólo en los mensajes que dejan los hinchas se lee sobre el virus del VIH. "El tema es muy complicado. Yo me acuerdo de que cuando iba a la Argentina de vacaciones, en el tren o en el colectivo, subía uno diciendo: «Soy HIV, el gobierno me da los remedios, pero no tengo para comer?». Acá, en general, no se dice. El estigma se va reduciendo, pero continúa. Enterré a muchísima gente en estos años, pero creo que sólo una que me dijo que tenía sida", me cuenta José Luis. Su vicariato tiene el porcentaje más alto de enfermos de sida de Sudáfrica y casi del sur del continente africano, algo más del cuarenta por ciento de sus 618.000 habitantes. No sabe qué haría sin Lidia, una incansable hermana misionera que coordina la atención de unos dos mil huérfanos y ayuda a la gente a obtener sus documentos.
"Ellos son los reales embajadores en esa parte del país. Y va mucho más allá de lo religioso", me dice Carlos Sersale di Cerisano, embajador argentino en Sudáfrica. Cuando Diego Maradona viajó antes del Mundial a Sudáfrica, Sersale le pidió al técnico argentino que le autografiara una foto. Se la mandó a José Luis, junto con videos de Maradona y pelotas del Mundial para compartirlas con los niños.

El misionero de la Consolata, al que conozco desde hace 25 años, aprendió zulú a poco de llegar. En 1996 participó en Piet Retief de la Comisión de Verdad y Reconciliación, el organismo liderado por el obispo anglicano Desmond Tutu para curar las heridas del apartheid. Apoyó a las víctimas que contaron el horror. "Hubo momentos desgarradores. Sudáfrica modeló su propia respuesta. Única e irrepetible. Útil para ser conocida, pero única", dice José Luis. Permaneció hasta 2005, en 2006 debió trasladarse a Roma (se hizo hincha del equipo de Francesco Totti) y, cuando creía que no volvería a Sudáfrica, lo llamó el nuncio apostólico avisándole que era obispo. "Perdí dos kilos en una semana, no lograba dormir."

José Luis tiene doble ciudadanía desde 2002. Quiere celebrar goles argentinos y sudafricanos. Y que se cumplan las expectativas. Habla de las nuevas rutas y de los estadios "espectaculares", que luego costará mantener. Pero quiere que los visitantes puedan llevarse una imagen completa de Sudáfrica. No sólo mundialista.

El escritor Martín Caparrós, que viaja estos días por África haciendo reportajes sobre el sida, me cuenta por correo la imagen de un hospital de Kapiri, Zambia, con treinta mujeres y sus hijos a la espera de remedios. Y que hablan de "la enfermedad". No dicen sida. La imagen que más lo impresionó, me agrega, fue cuando caminó por la capital Lusaka. "Una de cada cuatro personas que me cruzaba por la calle tenía sida. No alguno, aquel, la mujer ésa, uno cada tanto; no, de cada cuatro personas que veía en la vereda, uno tenía sida. Eso -me cuenta- terminó por darme la verdadera dimensión de lo que es el sida en muchos países africanos: una epidemia mortal, mucho más mortal si se tiene en cuenta que, en los países ricos, con los remedios adecuados, ha pasado a ser una enfermedad mayormente crónica. O sea que todo es, una vez más, un efecto de tener y no tener."

4.3.10

The road

Hoy recibí un par de emails interesantes, uno era de amigo que en estos momentos se encuentra trabajando en Haití y el otro era una cadena de emails en la que se destacaba una presentación en power point hecha por no se quien referida a los terremotos con algunas recomendaciones que deberíamos seguir en caso de presentarse este fenómeno.



Nunca estuve en un terremoto y mi relación con ellos fue siempre a la distancia, comodamente desde el televisor de mi casa en plena pampa húmeda, pero los sucesos ocurridos en Chile y Haiti y la presencia de numerosos colegas trabajando en esos lugares me llevo a pensar como debe ser trabajar en lugares donde la naturaleza arrasa pueblos enteros, llevandose miles de vidas inocentes tragadas por la tierra o los escombros o simplemente arrastrados mar adentro por un tsunami, como hacer para acompanar a personas y escuchar de sus bocas el sufrimiento y el terror. A pesar de que me resulta bastante obsceno comparar este tipo de hechos a traves de la escala de Ritcher o a traves del numero de muertos como si fuera un concurso del horror es posible ver como un pais medianamente ordenado puede responder en mayor o menor media ante una catástrofe de semejantes características mientras que en Haití todo es desolación, muerte y miseria. Ante semejantes infortunios nos podemos preguntar facilmente quienes somos, como respondemos ante las desgracias de nuestros semejantes, que nos importa verdaderamente y especialmente cuales van a ser la prioridades a la hora de hacer la reconstruccion de un pais.



Si bien un pais esta mas preparado que el otro para responder a este tipo de catastrofes en ambos paises hubo saqueos y los muertos en disputas callejeras en Haití se cuentan por decenas, la lucha por sobrevivir a cualquier precio hicieron que mi mente recordaras distintas imágenes de la excelente pelicula "The road" basada en el mejor aun libro homónimo de Cormac McCarthy. La novela y la película nos cuenta como es la vida en un mundo apocalíptico producto de un cataclismo desconocido. No hay autoridad, ni alimentos, ni energía, sólo unos pocos supervivientes que no dudan en practicar la violencia y el canibalismo. En este paisaje apocalíptico, un padre y su hijo caminan por lo que antes eran autopistas, intentando subsistir con lo que encuentran. Si quieren mantenerse en pie, tendrán que defenderse de los ataques, valerse de los recuerdos del pasado y no perder el cariño del uno por el otro. Viggo Mortensen, uno de los pocos hinchas de San Lorenzo sensatos que se hubiera puesto contento si Huracan ganaba el campeonato el año pasado, hace un papel increíble, un personaje capaz de hacer lo mejor y lo peor para proteger a su hijo y es sin dudas la interpretación masculina del año pero seguramente esta película ni siquiera figurara en los Oscars de este año


La película es increíble y quizás uno de los temas mejor tratados en esta película tan introspectiva y divagante es la idea del suicidio pero tratado desde una perspectiva profundamente humana. Es que tal vez en un mundo donde no hay ningún tipo de horizonte o expectativa, donde la única realidad tangible es la lucha por la supervivencia y por lo cual todo esta permitido, es donde quizás el suicidio se vuelve una opción posible y real. O quizás no, y entonces habrá que luchar hasta que desaparezca el ultimo destello de esperanza en este mundo. La película conmueve y ustedes podrán sacar sus propias conclusiones.

29.1.09

Algunas notas finales

Hace unos cuantos días que estamos sin Internet y también hace unos cuantos días que no escribo en el blog, fueron días de intenso trabajo y de un ritmo vertiginoso ya que la semana que viene termino mi trabajo en Kapiri Mposhi y no quería dejar nada pendiente para el próximo equipo. Los últimos días son siempre días difíciles, llenos de imprevistos, de confusiones, la incertidumbre de las noches y la asimetría de todo el recorrido de los últimos meses en África. Partida y retorno, le voyage pour connaitre ma greographie, como lei alguna vez.

Que representa o que representara Kapiri todavía no lo se, tal vez una búsqueda, siempre abierta, y a veces esa búsqueda para saber quien soy o encaminarse a alguna verdad incluye algo de desarraigo, irse lejos de casa y de cualquier vinculo. Otras veces creo que es un deseo de sentir en carne propia lo que es la existencia de seres en el fango y la mierda, de vivir o al menos tratar de compartir esa angustia, es "hilo de historia que te traspasa de parte a parte, de arriba abajo, de las nubes de la cabeza al agujero del culo" como escribía Celine. Tal vez represente el intento de tener un momento o un minuto de verdad y vivir días y experiencias rodeado de personas marcadas por el sufrimiento, la miseria, miles de personas que languidecen sin trabajo, sin futuro, sin comida pero sobretodo sin impulso vital o fuego sagrado que solo esperan la muerte porque es lo único que hay, es lo único real o tangible que pondrá fin a una existencia por demás miserable. Verlo con los propios ojos y sentir asco, rebeldía, compasión y a veces no sentir nada también. A veces cuando la realidad esta tan cascoteada y tan humillada por el desinterés, la violencia, las bombas o los cohetes artesanales uno se pregunta como se sale de semejante mierda. La verdad es que no lo se, ni la mas remota idea pero no quiero dejar ninguna frase celebre, hablar para la tribuna o tener una postura cínica, como se habrán dado cuenta todo esto no es mas un gran lamento, un dolor que se transforma en incertidumbre.
Tal vez lo único que nos quede es tratar de pensar o vivir la realidad de otro modo y quizás esto se puede llegar a convertir en un acto de fe, y esa fe darnos tranquilidad y permitirnos caminar serenos.

11.1.09

Viaje al corazon de las tinieblas


En el diario espanol "El Pais" hoy salio publicado una increible cronica de Mario Vargas Llosa en el Congo. Desde hace tiempo atras que Vargas Llosa viene hablando del Congo despues de haber leido el monumental libro de Hochschild " El fanstasma del rey Leopoldo", un libro que cuenta todo el proceso de la colonizacion y la barbarie belga en el Congo. No conforme con eso decidio visitar los campos de refugiados, los hospitales acompanado de un equipo de MSF y denunciar lo que vio. ( Esta noche voy a sonar un poco, tal vez con algo de suerte quizas John Berger puede darse una vuelta por Kapiri y denunciar los estragos del HIV en el africa subsaharina o Carlos Fuentes escriba algo acerca de la malnutricion en el hospital de Kaipiri Mposhi).
Con la hipocresia y la mediocridad que reina en todos lados, medios y politicos que nos quieren hacer creer que la guerra es la unica solucion posible, paises que reclaman el alto el fuego en Medio Oriente y al mismo tiempo basan sus economias en la fabricacion de armas y tienen politicas antiabortitas leer cronicas como las de Vargas Llosa nos sacuden de la estupidez cotidiana y traen algo de coherencia. Aunque no van a leer nada distinto de lo que leen habitualmente en este blog tomense diez minutos y reflexionen.
I - EL MÉDICO. "El problema número uno del Congo son las violaciones", dice el doctor Tharcisse. "Matan a más mujeres que el cólera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada bando, facción, grupo rebelde, incluido el Ejército, donde encuentra una mujer procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los que sean. Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces violaciones de niños, el 99% de las víctimas de abuso sexual son mujeres. A los niños prefieren raptarlos para enseñarles a matar. Hay muchos miles de niños soldado por todo el Congo".
Estamos en el hospital de Minova, una aldea en la orilla occidental del lago Kivu, un rincón de gran belleza natural -había nenúfares de flores malvas en la playita en la que desembarcamos- y de indescriptibles horrores humanos. Según el doctor Tharcisse, director del centro, el terror que las violaciones han inoculado en las mujeres explica los desplazamientos frenéticos de poblaciones en todo el Congo oriental. "Apenas oyen un tiro o ven hombres armados salen despavoridas, con sus niños a cuestas, abandonando casas, animales, sembríos". El doctor es experto en el tema, Minova está cercada por campos que albergan decenas de miles de refugiados. "Las violaciones son todavía peor de lo que la palabra sugiere", dice bajando la voz. "A este consultorio llegan a diario mujeres, niñas, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable".

Ejemplos recientes. El más notable, una mujer de 87 años, violada por 10 hombres. Ha sobrevivido. Otra, de 69, estuprada por tres militares, tenía en la vagina un pedazo de sable. Lleva dos meses a su cuidado y sus heridas aún no cicatrizan. Casi se le va la voz cuando me cuenta de una chiquilla de 15 años a la que cinco "interahamwe" (milicia hutu que perpetró el genocidio de tutsis en Ruanda, en 1994, y luego huyó al Congo, donde ahora apoya al Ejército del Gobierno del presidente Kabila) raptaron y tuvieron en el bosque cinco meses, de mujer y esclava. Cuando la vieron embarazada la echaron. Ella volvió donde su familia, que la echó también porque no quería que naciera en la casa un "enemigo". Desde entonces vive en un refugio de mujeres y ha rechazado la propuesta de un pariente de matar a su futuro hijo para que así la familia pueda recibirla. La letanía de historias del doctor Tharcisse me produce un vértigo cuando me refiere el caso de una madre y sus dos hijas violadas hace pocos días en la misma aldea por un puñado de milicianos. La niña mayor, de 10 años, murió. La menor, de 5, ha sobrevivido, pero tiene las caderas aplastadas por el peso de sus violadores. El doctor Tharcisse rompe en llanto.

Es un hombre todavía joven, de familia humilde, que se costeó sus estudios de medicina trabajando como ayudante de un pesquero y en una oficina comercial en Kitangani. Lleva dos años sin ver a su familia, que está a miles de kilómetros, en Kinshasa. El hospital, de 50 camas y 8 enfermeras, moderno y bien equipado, recibe medicinas de Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, pero es insuficiente para la abrumadora demanda que tiene al doctor Tharcisse y a sus ayudantes trabajando 12 y hasta 14 horas diarias, 7 días por semana. Fue construido por Cáritas. La Iglesia católica y el Gobierno llegaron a un acuerdo para que formara parte de la Sanidad Pública. No se aceptan polígamos, ni homosexuales, ni se practican abortos. El salario del doctor Tharcisse es de 400 dólares al mes, lo que gana un médico adscrito a la Sanidad Pública. Pero como el Gobierno carece de medios para pagar a sus médicos, la medicina pública se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud públicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morirían de hambre. Lo mismo ocurre con los profesores, los funcionarios, los policías, los soldados, y, en general, con todos aquellos que dependen del Presupuesto Nacional, una entelequia que existe en la teoría, no en el mundo real.

Cuando el doctor Tharcisse se repone me explica que, después de las violaciones, la malaria es la causa principal de la mortandad. Muchos desplazados vienen de la altura, donde no hay mosquitos. Cuando bajan a estas tierras, sus organismos, que no han generado anticuerpos, son víctimas de las picaduras, y las fiebres palúdicas los diezman. También el cólera, la fiebre amarilla, las infecciones. "Son organismos débiles, desnutridos, sin defensas". Vivir día y noche en el corazón del horror no ha resecado el corazón de este congoleño. Es sensible, generoso y sufre con el piélago de desesperación que lo rodea. Desde la pequeña explanada de las afueras del hospital divisamos el horizonte de chozas donde se apiñan decenas de miles de refugiados condenados a una muerte lenta. "La medicina que todo el Congo necesita tomar es la tolerancia", murmura. Me estira la mano. No puede perder más tiempo. La lucha contra la barbarie no le da tregua.
II - LOS PIGMEOS. Debo a los pigmeos de Kivu Norte haberme librado de caer en manos de las milicias rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda la noche del 25 de octubre de 2008. Yo había llegado el día anterior a Goma, la capital de Kivu Norte, y mis amigos de Médicos Sin Fronteras, gracias a los cuales he podido hacer este viaje, me habían organizado un viaje a Rutshuru (a tres o cuatro horas de esta ciudad) para visitar un hospital construido y administrado por MSF, que presta servicios a una gran concentración de desplazados y víctimas de toda la zona. La víspera de la partida, mi hijo Gonzalo, que trabaja en el ACNUR, me telefoneó desde Nueva York para decirme que sus colegas en el Congo me tenían prevista, para la mañana siguiente, una visita a un campo de pigmeos desplazados en las afueras de Goma. Aplacé un día el viaje a Rutshuru y, por culpa del general Nkunda, que ocupó aquella noche ese lugar, ya no pude hacerlo.
Los pigmeos, pese a ser la más antigua etnia congoleña, son los parientes pobres de todas las demás, discriminados y maltratados por unas y por otras. Fieles al prejuicio tradicional contra el otro, el que es distinto, leyendas y habladurías malevolentes les atribuyen vicios, crueldades, perversiones, como a los gitanos en tantos países de Europa. Por eso, en una sociedad sin ley, corroída por la violencia, las luchas cainitas, las invasiones, la corrupción y las matanzas, los pigmeos son las víctimas de las víctimas, los que más sufren. Basta echarles una mirada para saberlo.

El campo de Hewa Bora (Aire Bello), a una decena de kilómetros de Goma, acaba de formarse. Está en un suelo pedregoso y volcánico, de tierra negra, y parece increíble que en lugar tan inhóspito las 675 personas que han llegado hasta aquí, hace un par de meses, desde Mushaki, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda, hayan podido hacer algunos cultivos, de mandioca y arvejas. Nos reciben cantando y bailando a manera de bienvenida: pequeñitos, enclenques, arrugados, cubiertos de harapos, muchos de ellos descalzos, con niños que son puro ojos y huesos y las grandes barrigas que producen los parásitos. Su baile y su canto, tan tristes como sus caras, recuerdan las canciones de los Andes con que se despide a los muertos. Aunque con cierta dificultad, varios de los dirigentes hablan francés. (Es una de las pocas consecuencias positivas de la colonización: una lengua general que permite comunicarse a la gran mayoría de los congoleses, en un país donde los idiomas y dialectos regionales se cuentan por decenas).

Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea matando a varios vecinos. Piden plásticos, pues las chozas que han levantado -con varillas flexibles de bambú, atadas con lianas, de un metro de altura más o menos, sobre el suelo desnudo y con techos de hojas- se inundan con las lluvias, que acaban de comenzar. Piden medicinas, piden una escuela, piden comida, piden trabajo, piden seguridad, piden -sobre todo- agua. El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oiré sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, ríos y lagos están contaminados y los que beben en ellos se enferman. Las personas que me acompañan, del ACNUR y de Médicos Sin Fronteras, toman notas, piden precisiones, hacen cálculos. Después, conversando con ellos, comprobaré la sensación de impotencia que a veces los embarga. ¿Cómo hacer frente a las necesidades elementales de esta muchedumbre de víctimas? ¿Cuántos más morirán de inanición? La crisis financiera que sacude el planeta ha encogido todavía más los magros recursos con que cuentan.
En el campo de Bulengo, que visito luego del de Hewa Bora, veo las raciones de alimentos, mínimas, que distribuyen a los refugiados. Un voluntario de Unicef me dice, la voz traspasada: "Tal como van las cosas con la crisis, todavía tendremos que disminuirlas". Médicos, enfermeros y ayudantes de las organizaciones humanitarias son gentes jóvenes, idealistas, que hacen un trabajo difícil, en condiciones intolerables, a quienes la magnitud de la tragedia que tratan de aliviar por momentos los abruma. Lo que más los entristece es la indiferencia casi general, en el mundo de donde vienen, el de los países más ricos y poderosos de la Tierra, por la suerte del Congo. Nadie lo dice, pero muchos han llegado, en efecto, en Occidente a la conclusión de que los males del Congo no tienen remedio.

Bulengo fue en 1994 el campamento del Ejército ruandés hutu que invadió el Congo después de perpetrar la matanza de cientos de miles de tutsis en el vecino país. Ahora es el eje de un complejo de 16 campos de desplazados y refugiados que con ayuda de la Unión Europea y de las organizaciones humanitarias da refugio a unas trece mil personas. Éstas pertenecen a diferentes grupos étnicos que conviven aquí sin asperezas. Aunque Bulengo está mucho más asentado y organizado que el de Hewa Bora, la calidad de vida es ínfima. Las chozas y locales, muy precarios, están atestados y por doquier se advierte desnutrición, miseria, suciedad, desánimo. La nota de vida la ponen muchos niños, que juegan, correteándose. Varios de ellos son mutilados. Converso con un chiquillo de unos 10 o 12 años que, pese a tener una sola pierna, salta y brinca con mucha agilidad. Me cuenta que los soldados entraron a su aldea de noche, disparando, y que a él la bala lo alcanzó cuando huía. La herida se le gangrenó por falta de asistencia, y cuando su madre lo llevó a la Asistencia Pública, en Goma, tuvieron que amputársela.

En Bulengo hay 48 familias de pigmeos, que, aparte de las protestas que ya hemos oído en Hewa Bora, aquí se quejan de que la escuela es muy cara: cobran 500 francos congoleños mensuales por alumno. La educación pública es, en teoría, gratuita, pero, como los profesores no reciben salarios, han privatizado la enseñanza, una medida tácitamente aceptada por el Gobierno en todo el país. En muchos lugares son los padres de familia los que mantienen las escuelas -las construyen, las limpian, las protegen y aseguran un salario a los profesores-, pero aquí, en los campos de refugiados, todos son insolventes, de modo que si se ven obligados a pagar por los estudios, sus hijos dejarán de ir a la escuela o ésta se quedará sin maestros.
En el campo hay muchos desertores de las milicias rebeldes. Uno de ellos me cuenta su historia. Fue secuestrado en su pueblo con varios otros jóvenes de su edad cuando los hombres de Laurent Nkunda lo ocuparon. Les dieron instrucción militar, un uniforme y un arma. La disciplina era feroz. Entre los castigos figuraban los latigazos, las mutilaciones de miembros (manos, pies) y, en caso de delación o intento de fuga, la muerte a machetazos. Me confirmó que muchos soldados del Ejército congoleño vendían sus armas a los rebeldes. Se escapó una noche, harto de vivir con tanto miedo, y estuvo una semana en la jungla, alimentándose de yerbas, hasta llegar aquí. En su pueblo, donde era campesino, tenía mujer y cuatro hijos, de los que no ha vuelto a saber nada porque el pueblo ya no existe. Todos los vecinos huyeron o murieron. Le pregunto qué le gustaría hacer en la vida si las cosas mejoraran en el Congo, y me responde, después de cavilar un rato: "No lo sé". No es de extrañar. En Bulango, como en Hewa Bora y en los campos de desplazados de Minova, la actitud más frecuente en quienes están confinados allí, y pasan las horas del día tumbados en la tierra, sin moverse casi por la debilidad o la desesperanza, es la apatía, la pérdida del instinto vital. Ya no esperan nada, vegetan, repitiendo de manera mecánica sus quejas -plásticos, medicinas, agua, escuelas- cuando llegan visitantes, sabiendo muy bien que eso tampoco servirá para nada. Muchísimos de ellos están ya más muertos que vivos y, lo peor, lo saben. Los campos son indispensables, sin duda, pero sólo si funcionan como un tránsito para la reincorporación a la vida activa, con oportunidades y trabajo. Si no, quienes los pueblan están condenados a una existencia atroz, parásita, que los desmoraliza y anula. Y éste es quizás el más terrible espectáculo que ofrece el Congo oriental: el de decenas de miles de hombres y mujeres a los que la violencia y la miseria han reducido poco menos que a la condición de zombies.



III - EL GALIMATÍAS CONGOLEÑO. Y, sin embargo, se trata de un país muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado coltán, con un enorme potencial agrícola, ganadero y agroindustrial. ¿Qué le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy difíciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existirá en el Congo por buen tiempo. Las guerras que lo sacuden han dejado hace tiempo de ser ideológicas (si alguna vez lo fueron) y sólo se explican por rivalidades étnicas y codicia de poder de caudillos y jefezuelos regionales o la avidez de los países vecinos (Ruanda, Uganda, Angola, Burundi, Zambia) por apoderarse de un pedazo del pastel minero congoleño. Pero ni siquiera los grupos étnicos constituyen formaciones sólidas, muchos se han dividido y subdividido en facciones, buena parte de las cuales no son más que bandas armadas de forajidos que matan y secuestran para robar.

Muchas minas están ahora en manos de esas bandas, milicias o del propio Ejército del Congo. Los minerales se extraen con trabajo esclavo de prisioneros que no reciben salarios y viven en condiciones inhumanas. Esos minerales vienen a llevárselos traficantes extranjeros, en avionetas y aviones clandestinos. Un funcionario de la ONU que conocí en Goma me aseguró: "Se equivoca si cree que el caos del Congo está en la tierra. Lo que ocurre en el aire es todavía peor". Porque tampoco en las alturas hay ley o reglamento que se respete. Como la mayoría de vuelos son ilegales, el número de accidentes aéreos, el más alto del mundo, es terrorífico: 56 entre julio de 2007 y julio de 2008. Por esa razón ninguna compañía aérea congoleña es admitida en los aeropuertos de Europa.

Como el principal recurso del país, el minero, se lo reparten los traficantes y los militares, el Estado congoleño carece de recursos, y esto generaliza la corrupción. Los funcionarios se valen de toda clase de tráficos para sobrevivir. Militares y policías tienden árboles en los caminos y cobran imaginarios peajes. A Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que nos acompaña, cada vez que saca sus cámaras alguien viene con la mano estirada a cobrarle un fantástico "derecho a la imagen". (Pero él es un experto en estas lides y discute y argumenta sin dejarse chantajear). Para viajar de Kinshasa a Goma debemos, antes de trepar al avión, desfilar por cinco mesas, alineadas una junto a la otra, donde se expenden ¡visas para viajar dentro del país!
No es verdad que la comunidad internacional no haya intervenido en el Congo. La Misión de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) es la más importante operación que haya emprendido nunca la organización internacional. La Fuerza de Paz de la ONU en el Congo cuenta con 17.000 soldados, de un abanico de nacionalidades, y unos 1.500 civiles. Sólo en Goma hay militares de Uruguay, India, África del Sur y Malaui. Visité el campamento del batallón uruguayo y conversé con su jefe, el amable coronel Gaspar Barrabino, y varios oficiales de su Estado Mayor. Todos ellos tenían un conocimiento serio de la enrevesada problemática del país. La inoperancia de que son acusados se debe, en realidad, a las limitaciones, a primera vista incomprensibles, que las propias Naciones Unidas han impuesto a su trabajo.

Las milicias de Laurent Nkunda, luego de capturar Rutshuru, comenzaron a avanzar hacia Goma, donde el Ejército congoleño huyó en desbandada. La población de la capital de Kivu Norte, entonces, enfurecida, fue a apedrear los campamentos de la Fuerza de Paz de la ONU (y, de paso, los locales y vehículos de las organizaciones humanitarias), acusándolos de cruzarse de brazos y de dejar inerme a la población civil ante los milicianos.

Pero el coronel Barrabino me explicó que la Fuerza de Paz, creada en 1999, según prescripciones estrictas del Consejo de Seguridad, está en el Congo para vigilar que se cumplan los acuerdos firmados en Lusaka que ponían fin a las hostilidades entre las distintas fuerzas rivales, y con prohibición expresa de intervenir en lo que se consideran luchas internas congoleñas. Esta disposición condena a las fuerzas militares de la ONU a la impotencia, salvo en el caso de ser atacadas. Sería muy distinto si el mandato recibido por la Fuerza de Paz consistiera en asegurar el cumplimiento de aquellos acuerdos utilizando, en caso extremo, la propia fuerza contra quienes los incumplen. Pero, por razones no del todo incomprensibles, el Consejo de Seguridad ha optado por esta bizantina fórmula, una manera diplomática de no tomar partido en semejante conflicto, un galimatías, en efecto, en el que es difícil, por decir lo menos, establecer claramente a quién asiste la justicia y la razón y a quién no. No tengo la menor simpatía por el rebelde Laurent Nkunda, y probablemente es falso que la razón de ser de su rebeldía sea sólo la defensa de los tutsis congoleños, para quienes los hutus ruandeses, armados y asociados con el Gobierno, constituyen una amenaza potencial. Pero ¿representan las Fuerzas Armadas del presidente Kabila una alternativa más respetable? La gente común y corriente les tiene tanto o más miedo que a las bandas de milicianos y rebeldes, porque los soldados del Gobierno los atracan, violan, secuestran y matan, al igual que las facciones rebeldes y los invasores extranjeros. Tomar partido por cualquiera de estos adversarios es privilegiar una injusticia sobre otra. Y lo mismo se podría decir de casi todas las oposiciones, rivalidades y banderías por las que se entrematan los congoleños. Es difícil, cuando uno visita el Congo, no recordar la tremenda exclamación de Kurz, el personaje de Conrad, en El corazón de las tinieblas: "¡Ah, el horror! ¡El horror!"
IV - LOS POETAS. Y sin embargo, pese a ese entorno, conocí a muchos congoleños que, sin dejarse abatir por circunstancias tan adversas, resistían el horror, como el doctor Tharcisse, en Minova. Placide Clement Mananga, en Boma, que recoge y guarda todos los papeles y documentos viejos que encuentra para que la amnesia histórica no se apodere de su ciudad natal (él sabe que el olvido puede ser una forma de barbarie). O Émile Zola, el director del Museo de Kinshasa, combatiendo contra las termitas para que no devoren el patrimonio etnológico allí reunido. A esta estirpe de congoleños valerosos, que luchan por un Congo civilizado y moderno, pertenecen los Poétes du Renouveau (Poetas de la Renovación), de Lwemba, un distrito popular de Kinshasa. Son cerca de una treintena, una mujer entre ellos, y aunque todos escriben poesía, algunos son también dramaturgos, cuentistas y periodistas.

Además del francés, la colonización belga dejó asimismo a los congoleses la religión católica. En el país hay también protestantes -vi iglesias evangélicas de todas las denominaciones-, musulmanes -en la región oriental- y varias religiones autóctonas, la mayor de las cuales es el kimbanguismo, así llamada por su fundador, Simon Kimbangu, enraizada sobre todo en el Bajo Congo. Pero, pese a la hostilidad que desencadenó contra ella el dictador Mobutu, a quien hizo oposición, la católica parece, de lejos, la más extendida e influyente. Iglesias y centros católicos son los focos principales de la vida cultural del país.

Los Poétes du Renouveau se reúnen en la iglesia de San Agustín, donde tienen una pequeña biblioteca, una imprenta y una amplia sala para recitales y charlas. Publican desde hace algunos años unas ediciones populares de poesía que venden a precio de coste y a veces regalan. Empeñados en que la poesía llegue a todo el mundo, se desplazan a menudo a dar recitales y conferencias literarias por toda la región. Asisto a un interesante encuentro, de varias horas, en el que discuten temas literarios y políticos. El francés que escriben y hablan los congoleños es cálido, cadencioso, demorado y, a ratos, tropical. Haciendo de diablo predicador, provoco una discusión sobre la colonización belga: ¿qué de bueno y de malo dejó? Para mi sorpresa, en lugar de la cerrada (y merecida) condena que esperaba oír, todos los que hablan, menos uno, aunque sin olvidar las terribles crueldades, la explotación y el saqueo de las riquezas, la discriminación y los prejuicios de que fueron víctimas los nativos, hacen análisis moderados, situando todo lo negativo en un contexto de época que, si no excusa los crímenes y excesos, los explica. Uno de ellos afirma: "El colonialismo es una etapa histórica por la que han pasado casi todos los países del mundo". Lo refuta otro, que lanza una durísima requisitoria contra lo ocurrido en el Congo durante el casi siglo y medio de dominio belga. Le responde un joven que se presenta como "teólogo y poeta" con una única pregunta: "¿Y qué hemos hecho nosotros, los congoleños, con nuestro país desde que en 1960 nos independizamos de los belgas?".


Mario Vargas Llosa
Fotos Juan Carlos Tomassi.

21.11.08

Congo



Hundreds of thousands of people are on the run, fleeing a war raging in eastern Congo in the provinces of North and South Kivu. They are frightened. Many are sick or wounded. Others have been harassed or raped, or have had everything they own stolen. For more than a decade, several armed groups and the army have been fighting each other in the Kivus. The violence has made it impossible for people to lead normal lives. Life isn’t just hard in the Kivus: this region is in critical condition. And things aren’t getting any better. The destiny of everyone in this region of Congo is shaped by the war. The story of their struggle to survive needs to be told.

16.11.08

Congo


Esta es la historia de la tragedia de un país del tamaño de toda Europa occidental, de la guerra mas sangrienta desde que Hitler invadió el resto de Europa, una guerra que lleva mas de ocho años y mas de 5 millones de muertos. Una guerra entre milicias que todos nos quieren hacer creer que esta basada en conflictos étnicos y que nadie es capaz de detener. Esto es el Congo hoy en día y las razones de este conflicto- el control de los minerales esenciales para el desarrollo de la industria electrónica de la que el mundo desarrollado depende- y su rastro de sangre llega directamente hasta nosotros: hasta nuestro teléfono móvil, a nuestro control remoto, a nuestra laptop.

UNO. El Pabellón de mujeres del Hospital Panzi, en Bukavu esta repleto de mujeres violadas por las milicias que después de violarlas les dispararon en sus vaginas. Este hospital es el único hospital de todo el este de Congo que tiene algunos recursos para tratar de reconstruir las vaginas, los anos o los intestinos de las mujeres. Las milicias descubrieron que las violaciones a mujeres es una eficiente y letal arma de guerra. La ONU estima que son más de 50.000 las mujeres violadas en la provincia de Kivu Sur durante este año. Violando a las mujeres de los soldados enemigos se destruye la moral del enemigo y se destruyen los cimientos de su sociedad. El medico a cargo del hospital afirma que una vez violadas los maridos y hasta los padres mismos expulsan a las mujeres de la comunidad a las que tienen prohibido volver, también afirma que le es imposible persuadir a las mujeres que abandonen al hospital una vez tratadas. ¿A adonde van a ir? Difícil de digerir el punto numero uno ¿no?. La violación de todas esas mujeres que esperan que les reconstruyan sus genitales no es mas que parte una violación aun mayor. La violación del Congo.

DOS. Si uno quiere entender de donde viene tanta muerte solo hay que recorrer las colinas del este del Congo. Entre esas verdes colinas uno puede llegar a las “artisinal mines”, pero todo lo que ustedes imaginan de cómo es una mina con maquinas, cascos y lamparas en realidad no son mas que grandes agujeros a cielo abierto en las que se pueden ver cientos de hombres, mujeres y muchísimos niños que remueven desesperadamente con picos o simplemente con sus manos la tierra colorada tratando de encontrar coltán o cobalto. El coltán es un metal que conduce maravillosamente la energía y forma parte de nuestro teléfono celular, nuestra computadora o hasta de las Play Station y mas del 80% de coltán que la industria del mundo moderno necesita proviene del Congo. La gran mayoría de las familias que trabajan en las minas son esclavos de las milicias que controlan todo el proceso a punta de pistola, como en los viejos tiempos de Leopoldo era el caucho y la amputación de las manos de los trabajadores que no recolectaban suficiente, ahora es el coltan y las milicias.

TRES. Leyendo el párrafo anterior uno puede entender la historia reciente de Congo. Oficialmente se podría decir que en 1996 un maoísta llamado Laurent Kabila, cansado de traficar marfil y oro decide enfrentar al tiránico Mobutu. Para eso formo un pequeño gran ejercito de child soldiers conocido como kadogo y con el apoyo de Uganda y Ruanda que al hacer su primer avance toda la estructura del Mobutismo colapso. Kabila se instalo como un nuevo Leopoldo prohibiendo los partidos políticos y fomentando la corrupción. En 1998 Kabila pidió gentilmente a los ugandeses y los rwandeses que retiraran sus tropas del Congo a lo que el ejercito rwandés respondió con una masiva invasión al Congo en la que ocupo casi un tercio del país. La razón oficial consistió que después del genocidio ruandés de 1994 – un millón de tutsis muertos a machetazos por las milicias humus- miles de milicianos humus se refugiaron en el este de Congo y sentaron sus bases y este simple argumento justifico la permanencia del ejercito ruandés y ugandés. Los ejércitos de Zimbabwe, Angola y Namibia respondieron al llamado desesperado de Kabila y enfrentaron al ejercito rwandés y ugandés. La gran guerra africana había comenzado. Este es la versión mas o menos oficial, la guerra es un gran desorden peleando todos contra todos y lo que comenzó con una clara intención - los ruandeses tratando de capturar a los genocidas humus- se transformo en un espiral fuera de control. Pero esta versión no es del todo cierta, o mejor aun es una gran mentira.

Una vez que el Congo estuvo herido de muerte, un panel de expertos de la ONU documento que los intereses del ejercito rwandés eran oscuros, desde un primer momento la única intención fue capturar el territorio que contiene las grandes vetas minerales para vendérnoslas a todos nosotros, el supuesto mundo desarrollado, que muy pronto se cansa de las noticias del Congo y cambia de canal con el control remoto abarrotado de coltan. Tampoco los otros países colaboraron porque simpatizaban con Kabila o los congoleses, ellos también querían un pedazo de la torta congolesa. El país se lleno de “ejércitos de negocios” comandados por hombres que “ carefully planned the redrawing of the regional map to redistribuye wealth” según declara la ONU. Esto es fácil de descifrar ya que las tropas rwandeses nunca se dirigieron a las áreas donde se ocultaban los genocidas humus sino que fueron derecho a las minas, rápidamente esclavizaron a la población para que caven por ellos. No solo no capturaron a los genocidas sino que se aliaron a ellos para lograr una mejor explotación de las minas y lograr nada menos que más 250 millones de dólares de los últimos 18 meses. La ONU denuncio que varias compañías británicas, americanas y belgas se encuentran entre los explotadores ilegales de los recursos congoleses. ¿Pero puede ser tan rentable la invasión de un país? La demanda internacional de coltan subio, increíblemente, debido a la inmensa popularidad de la todarellenadecoltan Play station de Sony, que si bien la marca japonesa aclara que no usa coltan congoles el precio del metal en los mercados se disparó intensificando la guerra. Un político ingles describió la situación: “ Kids in Congo were being sent down mines t odie so that kids in europe and america could kill imaginary aliens in their living room”

CUATRO. Los reportes de la ONU, Amnesty Internacional y Human Rights Watch denuncian que las violaciones del ejercito rwandés son “sistematicas” y “deliberadas”. La pregunta es como el gobierno rwandés que denuncia infatigablemente el genocidio tutsi de hace un poco mas de diez años pude de repente cometer su propio crimen contra lesa humanidad . ¿ Tanta muerte solamente por dinero?. Alguna vez Joseph Conrad describió al Congo “ the vilest scramble for loot that has ever disfigured the human consciencie”.
Así son las cosas en el Congo hoy en día, milicias pro-gobierno, rebeldes, tropas ruandeses, las milicias hutus, el ejercito congoles y los cascos azules peleando todos contra todos para controlar la mayor cantidad de minas posibles, multinacionales ávidas de coltan, mientras mas de cinco millones de personas murieron en las tinieblas, muertos a los que nadie trata de enfrentar, un millón de desplazados para los que no hay salvatajes financieros, lideres occidentales protectores de la democracia, la libertad y de los derechos humanos que callan a pesar de que gran parte de los habitantes solo puede optar entre la vida o la muerte viviendo igual o peor que en los tiempos de saqueo del Rey Leopoldo, un saqueo para nuestro propio beneficio, para nuestro propio bienestar ya que la necesidades de coltan, cobalto, diamantes y oro es mucho mas poderosa que nuestra preocupación por la muerte de millones de africanos. Todos seguimos comprando a pesar de miles de reportes que nos dicen que miles de personas mueren para que nosotros tengamos teléfonos móviles o consolas de videojuegos. Todavía hoy en día los gobiernos occidentales obstruyen cualquier intento de regular las actividades de las corporaciones que explotan los recursos naturales del Congo. Hace unas semanas compre en un mercado de Lusaka una antigua escultura de ébano proveniente del Congo, el vendedor entusiasmado con la venta, comentaba que la figura, una mujer con típicos rasgos bantú en cuclillas pariendo, era sumamente antigua y que había sido hecha por los salvajes. Mientras termino de escribir estas líneas miro la figura que se encuentra al lado de mi computadora. Me pregunto; ¿Quiénes son los salvajes? ¿Ellos o nosotros?


21.10.08

Lunes

Hoy hizo una mañana esplendida. Las caricias del sol eran agradables.
Los lunes por la mañana siempre titubeo por unos instantes antes de entrar en el hospital, esa puerta, ese limite al que llamo la “línea de sombra” en homenaje a Conrad, es una entrada oscura a la agonía, a muertes innecesarias e injustificadas la gran mayoría de las veces. Encuentro a M. S. tendido en la cama número uno de la sala de hombres. M.S. tiene 34 años, es HIV positivo desde hace siete años y desde hace dos se encuentra en tratamiento antiretroviral. Esta admitido en el hospital de Kapiri Mposhi por tuberculosis y malnutrición severa desde hace varios días. Veo que cierra los ojos, tal vez el mundo se inclina ante el y da vueltas, parece aturdido. Hablo con su mujer algo acerca del futuro y el tratamiento. El dice que no hay futuro, que la puerta del futuro es algo que hace rato esta cerrado con llave. Quiere irse a casa, su mujer y el resto de la familia consiente. Ensayo algunas explicaciones pero al final firmo el alta en la que especifico que el egreso hospitalario es en contra consejo medico y al momento exacto de terminar de escribir la frase me siento un poco estúpido. Pienso que ir a morir a casa con la gente que uno quiere es tal vez lo único digno a lo que esta gente puede aspirar. Hay mucho de dignidad en su decisión. Durante el resto de la mañana estuve perturbado y por momentos me pregunte si puede haber una vida que por ser tan miserable no valga la pena ser vivida ¿?. Por supuesto que la respuesta, amigos, es de carácter estrictamente personal.

18.10.07

11.10.07

Diario de viaje: Nimba I

El viaje comenzó temprano; después de un rato dejamos detrás Monrovia y nos dirigíamos al interior y de a poco nos fuimos internando en la paciente selva que alternaba con inmensas plantaciones de caucho de la Compañía. Remontar el camino era como volver a los orígenes, cuando estallo todo y la vegetación cubrió la tierra y los árboles eran reyes. Una selva impenetrable y un gran silencio, una humedad densa junto con un aire pesado, embriagador solo alternado por el ruido y el progreso de los puestos y las factorías de la Compañía donde todo era confusión, hombres, basura, edificios en el borde de una selva colosal tan verde que hasta por momentos parecía negra. Durante el viaje no pude no sentirme un poquito un personaje de Conrad, quizás el Marlow viajando a uno de los lugares oscuros de la tierra. Como Charlie Marlow yo también había recibido algunas pautas de trabajo, no en la ciudad espectral pero sí en Monrovia y también como me advirtieron de los cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio, también como Marlow emprendía mi viaje, no por el suntuoso río ni con la responsabilidad de comandar un vapor, sino a través de una carretera completamente desbastada que transcurría como una serpiente a través de la selva que se abría ante mis ojos. Fue transcurriendo el viaje, pasando por las distintas estaciones de la Compañía que esta vez no explotaban el marfil sino el caucho y cada tanto dedicaba algún pensamiento a sí en Nimba estuviese esperándome Kurtz. Creo que me intrigo un poco la idea de arrastrarnos ante la ultima estación interior en busca de Kurtz, ese pequeño Dios en medio de la selva que en algún momento fue un hombre intelectualmente y moralmente superior a esa colección de mediocres que eran sus compañeros en la Compañía. Lo que vi por el camino no fueron salvajes caníbales presionados por la compañía para que depreden sus bosques y su fauna en busca del preciso marfil sino tres o cuatro batallones del ejercito de Bangladesh, cascos azules de la ONU tratando de mantener la paz en Liberia pero con cara de que estamos haciendo acá. Llegamos pasada la tarde, no me esperaba Kurtz, ese mente brillante en la oscuridad de las tinieblas, me esperaban mucho trabajo y mas pacientes en un centro de salud montado en una pequeña comunidad de Saclepea, limítrofe con la frontera de Guinea y Costa de Marfil.