9.12.12

Constructor de un mundo pasado

 Decir que Oscar Niemeyer era una leyenda viva sería quedarse corto. Su vida se extendió a lo largo de un siglo, y su carrera le llevó a estar a caballo entre el tercer mundo y los países industriales más avanzados. Deja aproximadamente 600 proyectos en lugares tan distantes como Río de Janeiro y Argelia, Pampuhla y París, y varios de ellos pueden considerarse obras maestras. Uno piensa concretamente en el Casino de Pampuhla (1943) y en la Casa en Canoas (1952), que combinaban el rigor de la estructura moderna con la fluidez del espacio y de la forma, y la sensibilidad hacia la naturaleza. Niemeyer pertenecía a la a veces llamada “segunda generación” de arquitectos modernos, lo que significa que heredó y transformó los descubrimientos de pioneros como Le Corbusier y Mies van der Rohe para abordar las realidades de la rápida modernización de su país, Brasil. Trabajó junto con Lucio Costa y Le Corbusier en el proyecto para el Ministerio de Educación en Río de Janeiro, uno de los primeros rascacielos provistos de un sistema de protección solar exterior, y un edificio que hoy parece tan moderno como cuando se construyó.

Posteriormente desarrolló una arquitectura que funcionaba a todas las escalas, desde la casa individual hasta el conjunto monumental: sus contribuciones a Brasilia, la nueva capital de Brasil, diseñada en las décadas de 1950 y de 1960 (el plan básico era de Lucio Costa), como el palacio presidencial, el Palacio da Alvorada (Palacio del Amanecer), muestran que podía manejar los temas de la monumentalidad y de la representación estatal con una gran elegancia.
Su arquitectura, aunque tenía un cariz moderno y progresista, incorporaba las lecciones del pasado y de la naturaleza. Sus formas biomórficas se inspiraban en parte en Picasso y en Arp, pero también en la herencia barroca de Brasil. Combinaba las curvas sensuales, los materiales ricos y el movimiento a través de capas de espacio. Sus edificios parecen filtros a través de los cuales puede pasar el aire mientras unas pantallas repelen el calor y la luz deslumbrante. En la utopía de Niemeyer se suponía que el hombre lograría la armonía con la naturaleza mediante la liberación del espacio y el uso de las nuevas tecnologías, postura que expresaba casi inconscientemente los mitos nacionales brasileños del progreso y la identidad. Niemeyer, un comunista que construyó casas para ricos, una catedral, viviendas sociales y edificios para numerosas burocracias estatales, era cualquier cosa menos coherente ideológicamente.

Los mundos para los que construyó han desaparecido, pero sus edificios mantienen toda su riqueza fascinante. Hacia el final, se le culpaba a veces de un formalismo vacío y de caricaturizarse a sí mismo. Pero su enorme obra incluye numerosos ejemplos de su fecunda imaginación espacial y de su destreza a la hora de resolver tareas a todos los niveles. Es como un libro abierto de lecciones y de principios arquitectónicos. Más que una colección de edificios, deja tras de sí un universo creativo que probablemente influirá durante mucho tiempo en otros arquitectos del futuro.

William J. R. Curtis es historiador, crítico y autor de La arquitectura moderna desde 1900